Caperucita y Lobo

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Caperucita era el ojito derecho de la abuela. Siempre rondando por su casa, no le importaba cruzar las calles, unas veces bajo el sol del verano y otras sorteando charcos por las aceras con su chubasquero rojo y su desparpajo descarado, sólo para ir a verla. Su madre preparaba la bolsa con los tuppers de la semana y allá se iba la joven a dejarlos en casa de la abuela. Por el camino, se entretenía chateando, haciéndose selfies con las recién floridas buganvillas o buscando su reflejo coqueto en los charcos.

Lobo era tímido, escondido siempre tras sus gafas de pasta y sus comics. Se entretenía dibujando todo lo que veía a su alrededor, unas veces junto a las buganvillas del parque y otras, en el reflejo de los charcos tras la lluvia. De depredador, sólo tenía el apellido y pasaba las horas muertas charlando con desconocidos en redes sociales donde no tenía que mostrarse al descubierto.

Una tarde, una sombra roja se cruzó con el carboncillo de Lobo. Ella corría, sorteando los coches por la avenida, con su larga coleta recogida con un lazo rojo y el canasto en la mano. Sus lápices hicieron el resto, dibujó rápido, antes de que la desconocida de rojo desapareciera de su campo de visión, que no de su retina. Con su retrato en la mano, buscó y buscó en Twitter, en Facebook, en Tinder, en Instagram…y allí estaba.

–Perdona que te escriba, no me conoces, hace unos días te ví pasar por el parque y no pude evitar dibujarte, te paso la foto –escribió él en su teclado, borrando y reescribiendo hasta que, cerrando los ojos, le dió a enviar.– Espero que te guste.

Caperucita, escuchó el bip bip de su móvil a través de los auriculares y al verse dibujada en la pantalla de su móvil, respondió:

–¡Qué sorpresa! No te preocupes, no me molesta, ¡gracias!.

Curiosa, cotilleó los perfiles del desconocido que se ocultaba tras el dibujo de un lobo. Ilustraciones, lápices, gatos, manga y un muchacho escondido tras unas gafas de pasta, con pinta de despistado despertaron su instinto. No había llegado aún a casa de la abuela cuando retomó el mensaje privado:

– ¿Te apetece tomar un café?

Caperucita miró la pantalla y esperó. Lobo se quitó las gafas, se refregó los ojos, empezó a sudar y borró una y otra vez el mensaje de respuesta. Caperucita supo que lo había asustado al ver el constante “escribiendo” en la pantalla pero no recibir ninguna comunicación y se relamió como buena depredadora. Tras unos segundos que le parecieron eternos, Lobo tomó aire y se armó de valor aunque su temblor de manos sólo le dio para un OK que brilló en la pantalla hasta que se oscureció por el tiempo.

–¿Dónde podemos vernos? Yo estoy de visita en casa de mi abuela.

–A mi me queda una hora de clase, pero me puedo escapar.– Lobo miraba sorprendido cada una de las respuestas que iba dando.

–¿Y dónde tienes tus clases?

–Más allá del parque, donde termina la avenida.– Respondió Lobo sin sospechar que ella se deleitaba poniéndolo nervioso.

Caperucita había decidido ya comerse a Lobo, esa timidez lo hacía una presa fácil. Pero no quiso asustarlo demasiado y lo dejó unos minutos antes de responderle de nuevo, dando tiempo para que el joven fuera retomando el aliento.

–Vale, te espero en el quiosco del parque. Llevo mi lazo rojo, no te será difícil encontrarme.

Caperucita conocía las advertencias de su madre, no era buena idea hablar con desconocidos. Pero a la traviesa joven le atraía el riesgo, sabía elegir a sus víctimas incautas, tímidos corderillos que caían en sus garras.

Sin imaginar que lo habían engañado, Lobo aceptó la oferta y puso rumbo al punto de encuentro. Sin perder tiempo, anduvo los metros que separaban la escuela de arte del parque, con su carpeta bajo el brazo. Vio su silueta en la lejanía, supo que era ella por la cinta de su pelo. Se puso nervioso, las manos le sudaban y la carpeta cayó al suelo poniendo en peligro todos los bocetos. Caperucita miraba de reojo al muchacho recoger papeles, divertida, sabiendo el efecto provocado.

Lobo tartamudeó al presentarse. Caperucita se deleitó con la visión de su víctima. El café se alargó el tiempo que ella tardó en ir desenredando las palabras de la boca de él. La noche se hizo presente, era el momento de volver, Caperucita propuso atravesar el parque, un camino mucho más corto, sabiendo que sus pasos los llevaban a la lobera, aquella vieja trampa de cazadores escondida en mitad del parque, vestigios de otros tiempos, que pocos conocían y que ella usaba de guarida. Lobo la siguió, observaba con curiosidad voyeur cada rasgo de su rostro, sus manos, su forma de andar…la protagonista perfecta para sus historias dibujadas en papel. Quiso retener cada perfil en su mente, con el corazón desbocado pidiendo ver más allá y amparado por el cristal de sus gafas de pasta.

A los pocos minutos, ya en la lobera, Caperucita decidió que era el momento de atacar. La presa estaba, sin haberse dado cuenta, dentro del recinto y, como quien, inocentemente, toca a una puerta, se acercó lentamente al muchacho colocándose frente a él y acorralándolo sobre la pared de piedra.

–Qué ojos más grandes tienes – dijo Lobo, intentando serenarse, quitándose las gafas y sosteniéndole la mirada.

–Son para verte mejor.– La voz melosa de Caperucita rozó los oídos de Lobo mientras sus diminutos pies avanzaban hacia el azorado muchacho.

–Dibujaría una y otra vez esas orejas, perfectas. – dijo él aún sin entender qué pasaba.

–Son para oírte mejor .– volvió a decir ella.

–Y esa boca, tan grande.– tragó saliva, la sangre inundaba sus arterias con un ardor inusual, dejó resbalar de sus manos la carpeta y las gafas mientras sentía el cuerpo de ella más y más cerca.

–Es para comer… – no pudo acabar la frase ni el juego, Lobo había avanzado rápido, sigiloso y se abalanzó sobre Caperucita, cambiando su posición en la pared y estrechándola contra él mientras sus labios, menos tímidos de lo que aparentaban, atrapaban entre sí los de ella que mantenían aún el sabor del café.

Caperucita abrió los ojos asustada primero, para después comprender que la cazadora había sido cazada y que un lobo siempre es un lobo. Se dejó llevar mordiendo con suavidad el carnoso labio inferior del muchacho que seguía abrazándola por la cintura.

El tiempo se hizo eterno entre el juego de sus lenguas mientras el sol acababa de esconderse y sólo la tenue luz de una farola lejana iluminaba la lobera. Se oyeron los pasos del guarda mientras sus ojos se besaban mirándose fijamente como hasta hacía sólo un momento habían hecho sus labios.

El pecho de Caperucita subía y bajaba intentado volver a retomar el ritmo acompasado de su respiración mientras Lobo, sentado sobre la hojarasca, había tomado un papel manchado de tierra y esbozaba el perfil de ella que, aun sin apenas luz, se sabía ruborizado. Lobo disparó con sus lápices sobre el papel mientras Caperucita se sentaba junto a él y dejaba caer su cabeza en el hombro del muchacho.

El tiempo corrió entre garabateos. A lo lejos, un reloj daba las doce y, recordando el cuento de Cenicienta, Lobo propuso acompañarla a casa. Le tendió su mano para ayudarla a levantar del suelo mientras con la otra sacudía su pantalón. Se miraron de nuevo por un momento, frente a frente, y avanzaron en silencio por el desierto parque.

Ni ella era tan fiera ni Lobo tan incauto. Sus manos entrelazadas dibujaron en la noche un “érase una vez” pero eso, era ya otro cuento.

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