Cambio de planes

Microrrelatos retoraybradbury beitavg

Delayed…Canceled…

La pantalla acababa de darle la peor noticia posible. Sus vacaciones soñadas se iban al traste en tan sólo un segundo. Un gran fuego en las inmediaciones del aeropuerto y el denso humo impedía a los pilotos ver. No podía reclamar. Era un hecho extraordinario provocado por fuerzas de la naturaleza, nada que achacar a la aerolínea y, como era típico en él, no había contratado el seguro así que, sin dinero y sin ganas de pasar las vacaciones en casa encerrado, llenó el depósito de su viejo coche y puso rumbo al pueblo.

Recordaba su último día allí. Huyó. Sintió miedo de lo que le estaba pasando y, sin decir nada, cogió su maleta y se fue. Recuerda cómo lloraba su madre al otro lado del teléfono cuando, por fin, después de una semana de la huida, la llamó para decirle que estaba bien. Parecía que había sido ayer y, sin embargo, habían pasado diez años. Nunca había vuelto. Hasta hoy.

Aparcó y arrastró las maletas por el empedrado de la calle hasta la puerta. Su madre, sentada al fresco, charlaba con las vecinas. Nada había cambiado. La tía Maruja abrió los ojos y le dio codazos a Pepa, la Maestra que dejó caer el abanico. Su madre se volvió y al verlo ahogó un grito de sorpresa con las manos.

Se acercó, quería abrazarla, decirle que lo sentía pero la mujer salió a su encuentro, calibrando sus fuerzas y cuando lo tuvo a su altura, le dio una sonora bofetada. Llevaba diez años esperando aquel guantazo. Él se restregaba la mejilla magullada mientras que la mujer se abrazaba a su cintura. Se veía tan pequeña y tan frágil a pesar de todo que sintió aún más remordimientos.

–Diez años, Julián…diez años sin verte y te presentas aquí de repente…es la verbena, cámbiate, vamos a salir. Todos deben saber que has vuelto.

No replicó, ya le había llevado demasiado la contraria. Dejó las maletas en su cuarto, se dio una ducha rápida y salió con su madre del brazo.

Nada había cambiado en el pueblo sólo él, que tenía más edad y más barriga. Las mismas banderas adornando la plaza, la misma música, las mismas parejas bailoteando. Entonces lo vio. También él seguía allí provocándole el mismo cosquilleo en el estómago.  Sus vaqueros gastados, la camisa de lino abierta caprichosamente, su pelo desordenado…como tantas tardes en el pantano, como los días de agosto al fresco del casino, como la verbena en la que lo vio por última vez. Huyó como un cobarde para que, al final, nada hubiera cambiado.

Su madre lo empujó a la pista, quería volver a bailar un pasodoble con su único hijo, como la última noche de aquel otro verano. Lo vio acercarse con dos cervezas en la mano mientras que la charanga cantaba las vacaciones veraniegas. Volvió a sentir el calor de su sonrisa, chocaron sus botellines y bebieron un largo trago, sin hablar, sólo mirándose el uno al otro…diez años y no hacían falta las palabras.

La primera lágrima de San Lorenzo había cruzado el cielo pero aún quedaban días de verano.

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