Vía Dolorosa V. Tertulia

Mis pasos habrían roto el silencio de la madrugada que envolvía a los Teatinos. Como siempre habían hecho. Mi cuerpo, pesado, no habría podido descansar. Como siempre había pasado. El sueño habría sido inquieto. Como siempre había sido. Pero nada ha sido como siempre. Nada se ha vivido, pero todo se ha sentido.

Las horas se volvieron eternas, el tiempo corría demasiado lento. Justo como no debió ser. Los relojes de Lunes Santo avanzaban siempre frenéticos al ritmo que marcaba un barrio adentrándose en la ciudad vieja. Pero el tiempo, caprichoso, ha jugado a pararse y nos ha detenido en un rincón de la memoria donde solo puede habitar aquello que se anhela. 

No hubo tertulias sentados en el suelo con cuerpos vencidos y ataques. Ni las habrá hoy bajo el sol primaveral en las avenidas, anchas como ríos que arrastran barrio a raudales. Ni en el almuerzo familiar ese que ocurre con sonrisas en los labios y olor a incienso impregnado a fuego en el pelo, no hay jabón que pueda con la fuerza de este olor.

Hoy el sol ha querido visitarnos para hacer más complicada la vía dolorosa que recorremos. Asomada a mi pequeña ventanita al mundo, siento como el barrio ha vuelto a esa suave calma que sabe a nuevo comienzo. Apenas hay nadie las tres arterias que veo desde mi escondite, pero el aire me dice que todo está vencido y el cronómetro ha vuelto a ponerse a cero, aunque las madres de mi barrio no hayan lavado y puesto a orear las túnicas para el año que viene. 

Mis pies quieren ponerse en marcha. Me hablan de un Dios dormido que no muerto por la calle Zaragoza. Me hablan de viejos barrios que vuelven y de juderías de stabat mater dolorosa, como esta vía que sigo recorriendo. Siento la bofetá de la ausencia, pero mis pasos, quizás más sabios que mi corazón, me arrastran a pedir salud y bonanza para este viaje en el que nos hemos lanzado para que no naufraguen nuestras almas.

Sé que el nudo de mi garganta, igual que lo heredé yo de los que vinieron antes de mí, hoy ha pasado a otros que sentirán el ahogo de la ausencia y que, mañana, se lo pasarán a otros como una cadena maldita de nostalgia. No hay consuelo mayor que saber que otros están ahí, contigo, pero no a tu lado, sosteniendo tu tristeza como tú sostendrás mañana la suya.

Es martes. Santo. Salud y Dolores.

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