La sonrisa de su sombra

El notaba que yo seguía sus pasos, pero nunca le preocupó demasiado mi presencia. Mi forma alargada era una prolongación de sí mismo. Jugué a despistarle en los claroscuros. Empezó a vagar en la oscuridad, solo así dejaba de sentir mis ojos acusadores en la nuca. La negrura le amparaba de mi juicio y le daba libertad para continuar con su obra.
Nadie esperaba el golpe.
Sin luz, el miedo y la confianza luchaban. Cuando ganaba el miedo, la víctima huía, él abandonaba su plan y me arrastraba tras sus pasos. Si ganaba la confianza, caía implacable sobre el incauto ser y recogía su sangre en pequeñas probetas que colocaba en los estantes de su estudio.
No había dos sangres iguales.
Los tonos rojizos variaban con sutileza, pero él sabía distinguirlas y aplicarlas a los lienzos consiguiendo trazos únicos. Deambulando tras sus movimientos, aprendí los secretos de sus pinceladas y sus crímenes. Era un artista.
Intenté acostumbrarme a ser parte silenciosa de sus andanzas.
En algún momento, la poca conciencia que le quedaba se trasladó a mí y empecé a cargar con el peso de sus culpas. Sus visitas a lo oscuro se fueron haciendo más frecuentes y más largas. Yo lo agradecía, cada vez me resultaba más insoportable formar parte de su juego, como un testigo inoportuno o como un cómplice obligado y sumiso, condenada a guardar silencio.
Él se sentía a salvo, se creía incapaz de cometer un error.
Sus estantes lucían repletos de probetas bermellón, pero anhelaba el rojo perfecto, un rojo puro. Estaba convencido que un color así solo podía conseguirlo en la sangre de los niños.
Esa locura le hizo volver a la luz.
Encaminó sus pasos al parque. El sol brillaba y mi presencia se notaba más que nunca, aunque él me ignoraba.
Se acercó con movimientos depredadores, casi felinos, hasta los columpios donde los niños jugaban. Nadie les prestaba atención. Los adultos parloteaban entretenidos. Un caramelo bastó para atraer a su pequeña víctima a los matorrales.
Los ojos alegres y confiados de aquella criatura me conmovieron y me dieron el valor suficiente para intentar detener ese crimen. Dejé el suelo y, lentamente, fui enredando mi negrura en el cuerpo de mi humano, como una serpiente enroscada sobre su presa, aprisionándolo e impidiéndole la respiración. Podía sentir aquellos ojitos aterrados. Él braceaba intentando que soltara mi amarre. Yo apretaba más y más sintiendo disminuir el bombeo de su sangre desde el corazón desbocado.
¡Lo había logrado! ¡El corazón había parado su galope!
La pequeña víctima huyó gritando despavorida al ver la grotesca mueca final que dibujó la cara de su verdugo, y los curiosos se acercaron al escuchar el golpe seco de un cuerpo al caer. El sol lo alumbraba y yo había vuelto a su lado, silenciosa, invisible, condenada a seguirlo eternamente, a desaparecer con él.
Fallo cardíaco, dijeron.
Nadie reparó en la sonrisa de su sombra.

Relato finalista en el certamen “Letras de Misterio y suspense” de la Editorial Winged.

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