Bailemos

Los primeros compases de Highway to hell, esa guitarra tan única, han puesto mis pies en funcionamiento. En pijama, despeinada y descalza, mis caderas se han movido al ritmo de esta autopista al infierno.

Por un momento me he sentido como Tom Cruise en Risky Business aunque sin gafas ni corbata. Quizás menos sexy, pero también más auténtico. Más yo. He bailado mientras doblaba la colada, ¡a tope de glamour!

Me gusta bailar aunque ni sé ni lo hago tanto como debería. Me gusta marcarme un “I want to break free” cuando paso la aspiradora y mover las caderas “alante” y atrás cuando todo va mal como buena sabinera. Las coreografías adolescentes, los pies de puntilla marcando el ritmo del chachachá.

Me gusta moverme a lo Pulp Fiction cuando el agua de la ducha cae sobre mí y acaba con todo. Una ducha purifica más si la alcachofa sirve de micrófono.

Me gustan los bailes lentos en el salón mientras se acaba la comida y ponemos la mesa, con una copa de vino en la mano. La música y los fogones, una pareja explosiva.

Me gusta el baile tímido de los inicios de la noche. Esa primera canción que te hace romper el hielo. El ritmo que ya no para y te hace moverte como si no existiera nada más en el mundo. La oscuridad rota por el foco que parpadea, la gota de sudor que resbala caprichosa por el canalillo y la que recorre sutilmente la espalda, el pelo que estorba y se recoge improvisadamente, a lo loco, sin más normas que la música que sigue sonando y que te hace sentir viva.

Los saltos, las risas, el rimmel corrido, el alcohol pegajoso sobre la piel al derramarse una copa en lo mejor de la canción. El dolor de pies al día siguiente.

Me gusta el baile cadencioso y golfo en el quicio, a lo Nueve Semanas y media. La sensualidad del raso, el misterio del encaje… quizás baste la sencillez del algodón, no hay etiquetas para bailar.

Olvidar, durante unos minutos, de todo lo que nos rodea. Sentir tan solo la música invadir los músculos y despertarlos, reír porque sí. Tener alas en los pies.

– Lo mejor será que bailemos
– ¿Y que nos juzguen de locos, señor conejo?
– ¿Usted conoce cuerdos felices?
– Tiene razón, bailemos.

Bailemos, como el Sombrero Loco y el conejo. Porque somos felices a pesar de todo. Bailemos y, por un momento, seamos libres de ser nosotros. Bailemos y que el mundo siga girando a nuestro compás.

Alors on dance.

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