Silencio de Redonda

La banda había llegado en autobús unos minutos antes del mediodía. Los músicos, después de estirarse tras horas de mala postura en el viaje, recompusieron sus uniformes y cogieron los instrumentos del portamaletas. El director miraba nervioso el reloj y los apremiaba para que no perdieran ni un segundo, apenas quedaba tiempo para afinar los instrumentos antes del pasacalles hasta la puerta de la parroquia. Era su estreno en la ciudad, les había costado mucho llegar hasta ahí y no podían fallar.

La primera voz de cornetas se colocó en círculo, de no haber sido por los impecables uniformes podrían haber pasado por un grupo de amigos antes de una pachanga. Sincronizados, se llevaron el instrumento a la boca y soplaron con suavidad. Nada.

Lo intentaron de nuevo y a ellos se unieron los demás instrumentos. El aire circulaba por los conductos metálicos, pero todos parecían haberse quedado mudos. Los percusionistas probaron suerte con tambores y bombos sin obtener sonido alguno.

一Manolo, los instrumentos no suenan. 

一¿Cómo no van a sonar? 一El director había estado tan atareado dando instrucciones al conductor del autobús que no había prestado atención a los músicos hasta ese momento. 一Paco, no es momento para una de tus bromas.

一¡Qué broma, ni qué niño muerto!  ¡Qué no suenan, Paco, ni uno! 一El músico, ofendido por la duda del director, señaló con desdén al resto de la banda que continuaba intentando sacar algún sonido a los instrumentos.

El director recorrió las filas de instrumentistas: algunos, rojos como tomates, se habían mareado de tanto soplar; otros tenían las manos amoratadas de golpear con las mazas y los palillos. Se pellizcó creyendo que era un sueño, era imposible que aquello estuviera pasando de verdad. Tenía que comprobar si aquel mutismo le estaba ocurriendo a alguna banda más, pero no podía empezar por una de  la ciudad; lo mejor sería llamar a una banda foránea como ellos y que tocara lo más lejos posible.

一Dime, Manolo. 一Al otro lado de la línea, la voz del director del Divino Azote no parecía preocupada.

一Luis, escúchame, esto es muy importante. 一Manolo se alejó de sus músicos, no quería alarmarlos más.

一Coño, Manolo, ¿qué pasa? Me estás asustando con tanto secreto.

一A ver, ¿a vosotros os suenan los instrumentos? 一Al otro lado del teléfono solo se escuchaban carcajadas. 一Luis, no te rías, por tu madre, que esto es muy serio.

一¿Pero cómo va a ser en serio, Manolo? ¿Qué pasa, que nos hemos pasado con el anís durante el viaje?

一Qué no te miento, Luis, qué es verdad.

一Mira, Manolo, escucha… mira qué bien suenan mis niños… a ti lo que te pasa es que te has “cagao” por debutar en Sevilla. Venga, mucha mierda, amigo, que no se diga.

Los músicos lo miraban inquisidores, si alguien tenía que dar una solución a aquello era él y no tenía ni idea de por dónde tirar. ¿Cómo iban a participar en una procesión de catorce horas si no sonaba ni uno de los instrumentos? Se llevó las manos a la cabeza, después de tantos años de trabajo y esfuerzo para conseguir la máxima excelencia, aquello era su final, no podían ir las cosas peor.

Podían. A lo lejos y directo hacia ellos, Manolo vio venir al periodista Juan Goméz de Guerra. Había sido la corriente más crítica con su llegada a la ciudad, defensor acérrimo de las bandas autóctonas, aprovecharía aquel inconveniente para hacer leña con su clásico “yo os lo avisé, habiendo bandas en casa…”. Tragó saliva decidido a salir del entuerto con toda la dignidad posible.

一Hombre, Manolo, ¿qué tal el viaje? 一El periodista observó a los músicos que esperaban, perfectamente formados, pero sin lanzar al aire ni una sola nota.

一Bien, gracias, estamos deseando empezar a tocar, pero…

一Pero nada, hombre, si estáis deseando tocar, dadme una primicia para las redes sociales…tú sabes cómo va esto.

Y tanto que lo sabía. Se acercó despacio a su grupo y les dio el nombre de una de sus marchas más conocidas. Los músicos, sin perder la compostura, se miraban unos a otros sin saber qué hacer. Manolo se había vuelto loco si esperaba que, de golpe, todos los instrumentos se recuperaran de la repentina afonía. Dio las órdenes habituales con la mano y encomendándose a todos los santos que conocía, dio la orden de empezar a tocar.

El sonido inundó la explanada. Los músicos se miraron unos a otros sin acabar de comprender. Juan Gómez de Guerra desandó el camino con visible enfado. Manolo respiró aliviado.

一¿Alguien ha traído baterías externas para los móviles? 一Varios músicos levantaron la mano一 ¡Ea, pues dádmelas que nos van a hacer falta! ¡Menos mal que me dio por echar el altavoz este! ¡Qué el premium de Spotify y el diputado de banda se apiaden de nosotros! 

Un comentario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.