Cuarenta y nueve

Era el 48 de la fila, ella lo sabía. A través de la mira telescópica de su MSG90 recorría la cola que se había formado sobre el acerado siguiendo la fachada del edificio gubernamental. Manteniendo el ojo izquierdo cerrado, observaba aquel reguero de personas desde su inicio en la escalinata del edificio hasta llegar al puesto señalado, el cuarenta y ocho, para después deshacer el camino contando mentalmente el número de personas que iban apareciendo en la cruceta de la mirilla. Repitió el ejercicio hasta que no tuvo dudas de que aquella persona era el objetivo.

Sintió que el pulso se le aceleraba a medida que se acercaba el momento. No era su primera vez, pero, por mucho que pasara el tiempo y las misiones se acumularan en su mochila, no podía evitar sentir cómo el corazón se desbocaba, las manos comenzaban a sudarle y los oídos le zumbaban con un pitido tan agudo que muchas veces creyó que acabaría por volverla loca. Gajes del oficio. Una última duda la asaltó mientras la campanada del reloj de la cercana torre del ayuntamiento le avisaba de que en solo quince minutos todo habría terminado: ¿cómo podían saber ellos que el objetivo se situaría justo en el puesto cuarenta y ocho? Se encogió de hombros de forma casi imperceptible, cualquier movimiento en falso podía cambiar la colocación del fusil y dar al traste con la misión, desde luego el cómo no era asunto suyo, ella solo tenía que esperar a la última campanada del mediodía y disparar. 

Repasó una vez más la fila pensando que nunca estaba de más hacer otro repaso a la situación. Apenas cinco minutos antes de la hora señalada fijó la mira del fusil sobre el objetivo. ¿Qué tenía de especial aquella mujer? La observó despacio, no era más que una mujer de mediana edad no demasiado guapa y sin demasiado arreglo, quizás una ama de casa sin tiempo para ella. Una mujer común. Pero una mujer a la que apenas le quedaban unos minutos de vida y los desperdiciaba aguardando su turno en una fila burocrática que, al final,  no iba a cambiarle la vida. ¿Qué más le daba a ella quién fuera? Su papel allí se reducía a disparar y cobrar.

Con el sonido de la primera campanada se secó el sudor de las manos en sus pantalones y, con un gesto mecánico, se santiguó. Lo más seguro es que Dios no aprobara lo que iba a hacer y, a pesar de todo, ella seguía encomendándose a él quizás más por fanatismo que por fe. La sexta campanada puso sus sentidos alerta. Corrigió levemente su postura y ciñó el dedo índice de su mano derecha al gatillo mientras con la izquierda sujetaba con fuerza la culata del arma para disminuir en lo posible el retroceso del fusil al disparar. Con la última campanada apretó el gatillo e intentó mantenerse firme a pesar de la fuerza que el arma ejerció sobre su cuerpo.

Apenas dos segundos bastaron para que la bala cruzara los metros que separaban la azotea del puesto cuarenta y ocho de la fila. Uno más para que el cuerpo cayera y otro para que los presentes se dieran cuenta de lo ocurrido. Cuatro segundos y su trabajo había acabado. 

Se cambió de ropa, metió la vieja junto con el fusil dentro de una gran bolsa de deporte y salió a la calle. En aquellos momentos de confusión nadie se fijaría en una joven con pinta de ir al gimnasio. Giró la esquina y se montó en un viejo Ford Fiesta que esperaba aparcado al final de la calle. Las sirenas de policías y ambulancias sonaban cada vez más cercanas cuando el contacto del coche, después de haberse quejado como un viejo cascarrabias, arrancó. Con tranquilidad, sin aceleraciones innecesarias ni titubeos que la delataran, salió del aparcamiento y dejó atrás la avenida que, en ese momento, se había convertido en un hormiguero caótico.

Cruzó la ciudad mientras en la radio relataban los acontecimientos que habían tenido lugar apenas hacía media hora en pleno centro de la ciudad. Una mujer de cuarenta y ocho años había resultado abatida por un francotirador que había desaparecido de la escena del crimen sin dejar rastro. La señora se encontraba en la fila esperando la apertura del registro donde esperaba conseguir un permiso de residencia, había llegado al país hacía poco más de un mes y soñaba con regularizar su situación y poner en marcha un negocio propio, quizás una mercería.

Desconectó la radio. Por primera vez en su vida se sentía culpable, jamás había cuestionado por qué alguien debía morir, pero ahora después de decenas de muertos en su haber, se le hacía incomprensible por qué aquella mujer podía suponer una amenaza para nadie. Sacudió la cabeza, no podía permitirse aquellos momentos de debilidad o acabaría dando algún paso en falso que la delatara. Se detuvo en un semáforo en rojo, varias señoras de la misma edad que su víctima cruzaban de un lado al otro arrastrando pesados carros con la compra o mocosos que pataleaban a mitad del recorrido porque sus madres no les habían comprado el último capricho. Parecía que su mente no tenía la menor intención de dejarla en paz, ¿sería esto que estaba sintiendo lo que llamaban conciencia? El claxon del coche de atrás le hizo arrancar apresuradamente. 

Llegó a casa, dejó el viejo Ford en el garaje y guardó todo el equipo en el trastero. Necesitaba una ducha, después tendría tiempo de revisar el correo y el contestador automático.

El vapor se había adueñado de la estancia  recreando una densa niebla como si, en vez de en un cuarto de baño, se encontrara a orillas del Támesis. Pero ella no era Sherlock Holmes. Ni siquiera uno de sus antagonistas. Ella solo era una asesina a sueldo; alguien que no reflexionaba antes de aceptar un encargo; una desalmada. Alguien a la que, por unos miles de euros le habían dicho que debía liquidar a la persona que ocupara el puesto cuarenta y ocho de aquella fila sin ni siquiera saber quién había hecho el encargo. Mientras el dinero fuera transferido a su cuenta, el resto le daba igual. El agua arrastró sus pensamientos hacia el sumidero. De fondo, Frank Sinatra llenaba el aire con su voz.

Enroscó su cuerpo con una mullida toalla, colocó una más pequeña en el pelo y se puso las zapatillas, no quería sembrar el suelo de la casa con un reguero de gotas, era una maniática. Al agarrar el pomo de la puerta de su habitación, notó que la música había parado, pero no le dió demasiada importancia, era posible que hubiera fallado la conexión del móvil. El dormitorio estaba oscuro, aquella mañana no había tenido tiempo de subir las persianas antes de salir de casa, así que se acercó al ventanal para hacerlo. Se sobresaltó al sentir como la música volvía a sonar y trató de volverse.

一No te gires. 一Una voz a su espalda la detuvo.

一¿Quién eres y qué quieres de mí?

一Tranquila, todo a su debido tiempo. 一La voz se detuvo un instante.一 Ahora, muy despacio, vuélvete, pero no intentes ningún truco, los conozco todos.

Siguiendo las instrucciones, se volvió hacía la voz. Sentado sobre su cama había un hombre de su misma edad que le apuntaba con una pistola a la que ya había puesto el silenciador. Tenía el rostro cubierto por una inexpresiva máscara blanca que tan solo dejaba a la vista su boca.

一Bien, siéntate, por favor, me resulta incómodo verte de pie después del esfuerzo que has realizado esta mañana, nadie es consciente de cuánto se entumecen los músculos de un francotirador mientras espera cumplir su misión.

La pistola siguió cada uno de sus movimientos hasta que se sentó en la silla que tenía a los pies de su cama y que hacía la función de perchero.

一Ahora quiero que me digas quién te hizo el encargo de matar al número cuarenta y ocho de la fila. 一Ante aquello, ella abrió los ojos, ¿cómo podía saberlo?

一¿Te sorprende que lo sepa? Ahora mismo sé que en tu cabeza sigue dando vueltas la idea de que el objetivo no era el debido. ¿Quién podía tener algún interés en la Sra. Marques? No era nadie, una pobre mujer que llegó de Guadalupe hace apenas un mes con la intención de darle un futuro mejor a sus hijos. Nunca podrá ver cumplido su sueño. Pobre… pero volvamos al tema que nos ocupa, ¿quién te hizo el encargo?

一No lo sé. 一La mano del desconocido cruzó sobre su mejilla con tal fuerza que un pequeño hilo de sangre le resbaló por la comisura de los labios.

一No me gusta que me mientan. 

一No miento 一respondió ella limpiándose la sangre con el dorso de la mano一 nunca conozco a mis clientes. En pleno siglo XXI hay opciones sencillísimas para evitar el contacto humano. Una aparente app de comida a domicilio, unas claves culinarias para cada tipo de trabajo y una cuenta bancaria en la que hacer el ingreso cuando todo esté acabado. Todo a través de VPN que hacen que las IP sean irrastreables.

一Irrastreable… me enternece ver lo confiada que, en el fondo, eres.

一¿Qué quieres de mí?

La pistola continuaba apuntándole. El desconocido la miró a los ojos y un siniestro pensamiento la asaltó haciendo que todo su cuerpo se helara. ¿Sería posible?

一Tengo que reconocer que me ha gustado mucho tu estilo. Un trabajo limpio y eficaz con un sólido sistema que te hacía prácticamente invisible para todos… menos para mí. 一No le gustó el tono con el que el desconocido pronunció aquellas palabra. 一Era el cuarenta y ocho de la fila, no hay dudas, pero ¿estás segura de qué elegiste la fila correcta? ¿Cuántas filas podía haber formadas a media mañana a lo largo de toda la ciudad? ¿Y si la fila no era la clave?

El extraño se levantó de la cama y se acercó hasta ella. Sintió el frío del metal en su frente cuando le colocó el silenciador sobre ella.

一Ay, cuarenta y ocho, siempre tan segura de ti misma… 一Con la mano que tenía libre, el enmascarado le quitó la toalla que continuaba recogiéndole el pelo y se lo acarició.一 Te daré una pista, estoy convencido de que lo entenderás todo.

Sin retirar el arma de su frente, él comenzó a recitar una lista de nombres. Como ella no reconocía ninguno, continuó. 

一Cuarenta y siete… Federico Sandovál Martínez… Cuarenta y ocho… Yolanda Rivas Luque… Cuarenta y nueve… 

La máscara cayó al suelo. Yolanda se llevó las manos a la boca. Era el cuarenta y ocho de la fila, ella lo sabía, claro que lo sabía, pero, ¿cómo no se había dado cuenta antes? Aquel había sido su lugar en el listado de alumnos de la academia de policía. Ella era la cadete cuarenta y ocho, por tanto, ella era el encargo, era la víctima. 

Con serenidad miró al número cuarenta y nueve. Después de tantos años, él había vuelto para vengarse.

El disparo no le cogió por sorpresa. En las milésimas de segundo que la bala tardó en atravesar su cerebro, las imágenes de lo que pasó se agolparon frente a sus ojos que comenzaron a cerrarse como en un pesado sueño. El secreto se iría con ella, pero por primera vez, dormiría tranquila aunque no volviera a despertar.

Relato participante en el concurso Reto48 de la Editorial Exlibric.

2 Comentarios

  1. Hola Beatriz. El inicio del relato , logra que sientas hasta el peso del rifle en el hombro. El regusto que deja el final que has escrito , es magnifico. La narración que haces es estupenda , además mantienes muy bien el pulso durante la parte central. Felicidades por tu historia, mucha suerte en el concurso y la verdad, ha sido un placer leerte. Un saludo.

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