Mundo perro

Ha pasado más de un lustro desde el accidente que acabó con el mundo tal y como lo conocí.

Aquella mañana nada hacía sospechar el fin. El Armagedón no llegó como lo imaginaban en el cine, quizás por eso no estábamos preparados para su venida. El cielo tenía un azul brillante y despejado, las nubes habían desaparecido puede que oliéndose lo que iba a pasar apenas unas horas después. Tampoco el sol nos dio una pista, salió por el este, como había hecho siempre y brilló como la misma fuerza.

De haber sabido lo que ocurriría una horas más tarde, habría desayunado con Julia como si hubiera sido un día de fiesta, saboreando a la vez el café y cada uno de sus gestos. Pero salí corriendo como siempre, con el termo en la mano y el bollo en la boca, sin tiempo para decirle que la quería y desearle un buen día.

Desde la galería número ocho no se oyeron las sirenas del exterior. El ruido de las máquinas golpeando el mineral ensordecía el resto de sonidos. Bajar a la mina era como adentrarse en otro mundo; uno más oscuro, más asfixiante, más infernal. No cambiamos nuestra hora de salida, ni antes ni después, como siempre, pero fuera no nos esperaba la cuadrilla de reemplazo. Tampoco estaban en su garita los guardias de seguridad. Aquel silencio me erizó la piel y todavía hoy lo hace.

Cuando los ojos se acostumbraron a la luz del exterior, el horror fue apoderándose de nosotros. Todo se había teñido de un gris plomizo. Como si el cielo fuera a caer sobre nosotros de un momento a otro, corrimos hacia las oficinas con la intención de buscar respuestas, aunque sabíamos lo que encontraríamos al cruzar la puerta de cristales.

No había electricidad. La luz que entraba por las ventanas dejaba ver, sobre el suelo, una alfombra de cuerpos macilentos. Sus caras estaban deformadas con muecas capaces de helar la sangre. El frío se adueñó de nosotros al recorrer pasillos y salas en los que nos esperaba la misma estampa infernal. Alguien intentó llamar por teléfono. No sirvió de nada, todos los aparatos estaban inservibles, incluidos los coches.

Recorrimos a pie la distancia que nos separaba del pueblo cargando con la certeza de saber cuál había sido el destino de todos. Cada imagen se clavaba en nuestra vista causando más terror. Los arcenes estaban sembrados de cadáveres y los perros acudían feroces a destrozarlos, más por placer que por hambre. Desde lo alto de una loma, una de aquellas bestias seguía vigilaba nuestros pasos dispuesto a atacar al menor movimiento en falso.

Nos separamos al llegar al pueblo con la sensación de tener mil ojos clavados en nuestra espalda, pero no había nadie.

Al entrar en casa, el cuerpo de Julia estaba desmadejado en el suelo del salón. Sus ojos, antes verdes y luminosos, estaban opacos, una mirada vacía y siniestra que me rompió en mil pedazos. A pesar de saber la respuesta, acerqué el oído a su pecho intentando localizar el latido de su corazón. Solo encontré silencio. Me senté junto a ella y, por primera vez en aquel día, lloré. Lloré por Julia, pero también por mí. Lloré por la vida que se había acabado y por el abismo que se había abierto bajo mis pies.

Un gruñido tensó los músculos de mi espalda con una descarga que recorrió toda la espina dorsal y acabó por erizar mi piel. Me giré despacio, sabiendo que en cualquier momento podía acabar todo. En la alfombra que tantas veces usó de cama, Zeus, mi fiel amigo, me enseñaba sus colmillos de bestia desalmada con los ojos inyectados en sangre.

Se abalanzó sobre mí dejándome sin más opción que correr hacia las habitaciones. Cerré la puerta del pasillo; aunque sabía que no lo retendría mucho tiempo, calculé que sería suficiente para escapar.

Metí ropa en una mochila junto con la navaja del trabajo que aún llevaba en el bolsillo y un kit de emergencia que Julia me obligó a tener preparado para cualquier imprevisto. Pobre Julia, siempre tan previsora. Ojalá hubiera estado a mi lado y me hubiera dicho entre risas aquel “te lo dije” que tanto había odiado y que ahora echaba de menos.

Zeus continuaba batallando con la puerta bajo una lluvia de astillas. Faltaba poco para que consiguiera atravesar y viniera a por mí. Eché un último vistazo a mi alrededor. Sobre la cómoda, la foto de Julia me sonreía. Rompí el cristal, la arranqué del marco y la doblé con mimo para guardarla en el bolsillo de mi cazadora; allí, cerca de mi corazón, la sentí protegiéndome.

Salté por la ventana al mismo tiempo que el perro lograba atravesar la puerta. Corrí perseguido por sus ladridos. Parecían venir de todas partes. Volví la vista atrás y, aquel monstruo que en otros tiempos fue un perro alegre y fiel, había dejado de correr. Me miraba desde la casa como si fuera su fortaleza.

Caminé durante horas. Nadie salió a mi encuentro. Por cada rincón, los perros amenazaban con su presencia siniestra y violenta. Huí de ellos mil veces y mil veces más dieron conmigo. Me adentré en el bosque, seguro de que allí estaría a salvo, pero mi olor era como la soga en el cuello del ahorcado. En el primer lodazal que encontré me revolqué y, agazapado entre las zarzas, esperé a que se secara mi ropa mientras los perros pasaban muy cerca, tanto que podía sentir su aliento en mi nuca.

Llevo años huyendo. No he vuelto a ver a ninguna persona ni sé qué fue de mis compañeros, quizás cayeron en las garras de los perros que han logrado imponer sus feroces normas al mundo, o tal vez vagan como yo, comiendo de las sobras que van dejando los animales y huyendo cuando escucho sus pisadas acercarse. No sé cuánto tiempo seré capaz de aguantar, cada día que pasa grabo una pequeña señal en mi brazo con la punta de la navaja y cada noche las cuento. Más de 1900 días. Siento la necesidad de abandonarme a mi suerte, quizás cuando llegue a los 2000 días sea capaz de hacerlo o quizás tenga de dejar que el tiempo acabe por borrar el rostro de Julia de la fotografía, para que su sonrisa deje de rozar mi corazón y deje de darme fuerzas para continuar.

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