Vizcaíno

Retomé el camino hacia el bar con mi maleta en la mano derecha y las monedas en la izquierda, apretadas como las llevaba cuando mi madre me mandaba a comprar el pan.

Ensimismado como iba con mis recuerdos infantiles de bollo y onza de chocolate, no me percaté del tipo que había comenzado a seguirme desde que había abandonado el puesto del mercadillo. Puede que aquel sujeto hubiera estado en el mismo tenderete que yo, toqueteando baratijas con desgana y muy pendiente a mi regateo con el vendedor para, en caso de que nuestra negociación no hubiera llegado a buen puerto, atacar él con una contraoferta por apenas un euro más convirtiéndolo en el ganador de la maleta como si hubiera estado en el Precio Justo.

De haberme percatado de su presencia mi yo más paranoico habría salido a la luz. Estoy convencido de que habría acelerado y enlentecido el paso en varias ocasiones para comprobar si el desconocido repetía el mismo patrón que yo. Solo entonces me habría convencido por completo de que aquel hombre me estaba siguiendo y habría buscado refugio en un lugar menos comprometido que la barra de un bar.

Pero nada de eso ocurrió. 

Recorrí los pocos metros que me separaban de la barra del Vizcaíno silbando al compás de la música que no había dejado de sonar en mis auriculares poniendo en riesgo la cantidad de batería disponible para mi regreso a casa y, cuando localicé un hueco en la barra donde hacerme fuerte hasta que se agotara mi pequeño capital, apoyé la maleta sobre el alicatado del mostrador y enseñé al camarero mi dedo índice, contraseña consuetudinaria en el selecto taberneo sevillano para que en milésimas de segundo tuviera frente a mí una caña de refrescante y espumosa cerveza.

Dejé que mi dorado premio se fundiera en mi boca y bajara por la garganta liberando una placentera sensación de bienestar que llegó a cada terminación nerviosa de mi piel erizándola. Con un leve movimiento de cabeza avisé al camarero para que fuera echando otra mientras miraba de reojo mi flamante compra. Solo en ese momento me fijé en que el hombre que se había colocado a escaso medio metro de mi flanco izquierdo también miraba la maleta, que continuaba delante de mis pies, con ojos golosos.

—Amigo, te compro la maleta —El desconocido me enseñó los billetes de cincuenta euros que llevaba en una cartera que había vivido mejores momentos.— ¿Cuánto quieres por ella?

—Lo siento, no está en venta —respondí regresando a mí cerveza.

—Enga, amigo, no seas malaje.

—De verdad, no quiero venderla, es un recuerdo familiar…

—No me mientas que te he visto comprarla en el puesto del tío de la cicatriz —El tono que usó al recriminarme no me gustó ni un pelo..

—Sí, ¿y qué? —Saqué mi orgullo y mi valentía de debajo de las capas de piel, no tenía ganas de aguantar a un tío sieso que amenazaba con ponerse pesado.— Mi abuelo tenía una igual, así que, como si fuera la de él.

—Bueno, bueno, amigo, no hay que enfadarse.

—Encima de Dios, candela… ¿qué no me mosquee? Estoy aquí tan tranquilo con mi cerveza y vienes a darme la turra con la maleta, venga hombre, vete a molestar a otro.

Sin volver a dirigirme la palabra, apuró de un sorbo la media cerveza que aún quedaba en su vaso, dejó las monedas sobre el mostrador y salió del bar.

Miré hacia los lados, en ese momento pensé que todos los parroquianos se habrían dado cuenta del encontronazo con el desconocido, pero nadie me estaba echando cuenta. Cada uno andaba en su lucha, entre charlas más o menos metafísicas. Solo el camarero me miraba de reojo.

—Ponme la última y dime la cuenta, haz el favor… —le dije haciendo mentalmente la cuenta de la vieja con las monedas que reposaban en la palma de mi mano.— Y dale una pataíta al olivo, hazme el favor.

Bajé la vista hasta toparme con la maleta que seguía reposada sobre la barra. La analicé recreándome en los pequeños detalles de su fabricación: hilos fuertes, correas recias, hebillas doradas, una cerradura pequeña, pero no logré encontrar nada fuera de lo común, ¿qué tendría de especial para que el tipo aquel hubiera insistido tanto en comprármela?

Me convencí de que aquel solo era un tipo raro con ganas de tocar las narices y terminé con tranquilidad la cerveza y las aceitunas. 

El camarero, que había llegado para recoger las monedas de mi consumición y, de paso, limpiar de tiza la barra, se quedó mirándome mucho más serio de lo habitual, tanto que por un momento me sentí intimidado.

—Nunca antes había visto al gachó ese por aquí, pero no me ha gustado ni un pelo la forma en la que te ha hablado, menos mal que te las has apañado bien.

—El muy pesado quería mi maleta a toda costa, parece que tengo un imán para atraer a zumbados de estos… Si te digo la verdad, le podría haber sacado el dinero y aquí paz y después gloria, pero algo me dice que con esta maleta ha cambiado mi suerte. —El camarero levantó una ceja como si no esperara, a pesar de que su profesión llevaba aparejada la escucha de historias raras, una confesión así.

—Una maleta vieja te va a cambiar la suerte… no seré yo quién te quite la idea de la cabeza, pero yo que tú me lo pensaba bien, la suerte se busca, no se compra en el Jueves.

—Llevo demasiado tiempo buscándola, pero ella parece que quiere jugar conmigo, ya menos suerte que yo no se puede tener, así que, como Dios tampoco está por la labor de escucharme, por tener un poco de superstición no creo que le haga daño a nadie —respondí apesadumbrado.

Con la maestría que lo caracterizaba, echó dos medias cañas de cerveza, me acercó una y levantó la suya.

—Entonces amigo, brindemos por toda la suerte que cabe dentro de esa vieja maleta, a esta invita la casa.

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