365

Un año desde que hiciste tus maletas y te fuiste. 365 días y sus 365 noches —perdón por la licencia, pero quedaba mejor que decir 364 noches—. Podría decirte que todo ha cambiado; podría decirte que todo sigue igual salvo que sin ti.

Te fuiste sin entender la realidad que nos envolvía. Tranquilo, nosotros tampoco teníamos muy claro qué pasaba. Siguen trabajando para evitar que el olvido atrape a las personas en su tela de araña como te enredó a ti, ojalá den con la tecla y nadie vuelva a ese oscuro lugar lleno de desconocidos y sin recuerdos.

Ahora volvemos a ver sonrisas esas que a ti te encantaba regalar y que perdiste apenas momentos antes de la marcha. Tú sonriendo. Es, posiblemente, el recuerdo que más veces me asalta. Esa sonrisa ancha y esos ojos claros chispeando alegría. Porque eso eras tú, alegría.

Han vuelto muchas cosas. Volvieron las pavias. Volvieron los Vía Crucis. Volvió a ser Lunes Santo. Volví a mi túnica, esa tan tuya; volví al palermo, ese tan tuyo. Volvió a llover. Incluso volverán las sillas del Corpus el próximo Jueves. Volvió todo, menos tú. 365 días han sido un suspiro, te lo aseguro, pero un suspiro sin ti.

No conozco a una sola persona que no te eche de menos. Es un pecado la soberbia, lo sé, pero no puedo evitar sentir una poquita cuando alguien habla de lo que hacías, de lo que eras… Si hay que pecar, se peca en condiciones, y nada más soberbio que haberte tenido como abuelo.

Hay guerras que no han cambiado. La vida tiene esas cosas que, ya ves la paradoja, no se arreglan ni con la muerte. Pero también se aprende a luchar lo justo, hay heridas que no merece la pena hacerse.

Yo estoy bien, estoy feliz. Sé que eso —no la mi felicidad solo, la de todos— es lo que más te importaba en la vida. Te habría encantado mi nueva casa, no por la casa sino por los bares, para qué engañarnos, tú eras más de tinto y tapa que de número de dormitorios y baños. También hubieras celebrado mi cambio de trabajo —cualquier excusa para la cerveza y la tapa era buena— y hasta habrías disfrutado leyéndome, que por fin di el paso a hacer una novela en la que hay mucho de ti.

Conseguí llorarte. Tardé, pero lo logré. Tenía tan claro que era necesario que te fueras que las lágrimas llegaron a destiempo. Pero lo hice y dejé fluir el nudo que me amarraste en el alma hasta que solo quedó una sonrisa. De nuevo, tu sonrisa.

Estamos bien. Porque sería demasiado egoísta hablarte solo de mí. Los demás lo llevan cada uno a su forma. Estás en cada paso que dan, en cada historia que viven. Estás cómo solo pueden estar las personas que pasan por la vida dejando huella. Estás porque si algo te gustaba era vivir; la vida para ti era un regalo que comerse, que beberse, que vivirlo. Un disfrutón que dicen ahora.

Mañana empezará el año dos sin tenerte. Vendrán nuevos retos, nuevas vivencias, pero tú seguirás faltando y a este puzzle, siempre le faltará ya una pieza.

Te quiero, comandante.

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