Algodón de azúcar

Mamá me gritó desde la cocina que no iba a consentir tener un pequeño sindicalista en casa. Luego vino al salón secándose las manos con el trapo y me dijo que si no sabía que era un sindicalista ya podía irme a mi habitación a buscarlo en el diccionario y que después me durmiera la siesta o no iríamos a la feria. Intenté convencerla de que era mayor, como Tito, pero a ella no le hizo gracia que le llevara la contraria y me miró como Supermán, atravesándome con los ojos.

El diccionario no estaba en la estantería, seguro que Tito se lo había llevado al cole así que, como no podía buscar sindicalista, me metí en la cama y apreté los ojos muy fuerte.

Pero es que no tenía sueño. Solo de pensar en la feria, la cabeza me daba vueltas como un tiovivo y el corazón me daba golpes como un coche de choque. Tenía ganas de saltar en la cama como en las camas elásticas, pero no era buena idea, mamá vendría y la feria se habría acabado hasta que papá se jubilara, eso es lo que me decía siempre.

Abrí los ojos, algo blando cubría mi cama. De pronto me llegó el olor del algodón de azúcar, ¡mi edredón se había convertido en una riquísima nube rosa! Deslicé los pies hasta el suelo y me hundí en el dulce. Durante unos minutos buceé dentro de la golosina, pero me cansé y me agarré a un bastón de caramelo para salir. Me senté sobre un ladrillo de regaliz y me puse a pensar, si yo me había acostado a la siesta y no había salido de mi cuarto, ¿cómo habían llegado todas estas chuches hasta aquí? ¿Sería una broma de Tito? Seguro que era eso, mi hermano el bromista. Ahora tendría que recoger todo y no dejar rastros pegajosos en los muebles o mamá me echaría una buena bronca y, ¡adiós para siempre a la feria!

Me preocupé, ¿y si entraba mamá? No iba a creer que no tuviera nada que ver, estaba tan acostumbra a que le dijera embustes que ahora se iba a pensar que esto era culpa mía. Estaba a punto de ponerme a llorar cuando me llamó la atención la música de un tiovivo. Sin fiarme, me lancé de nuevo al mar de algodón de azúcar hasta alcanzar el sendero de caramelos de menta que me llevó hasta la calesita.

Un caballo de cartón piedra, con ropas brillantes de colores chillones se paró delante mía. Me subí y me sentí un príncipe antes de ir a la guerra, ¿dónde había dejado mi espada? Nunca aparecía cuando la necesitaba. El caballo volvió la cabeza al sentirme encima, ¿se estaba riendo? Por si acaso, me agarré muy fuerte a las riendas, no me fiaba de un caballo de feria al que acababa de conocer.

La música había dejado de sonar mientras me subía al caballo, pero en un momento volvió a empezar y el caballo comenzó a saltar arriba y abajo a la vez que se movía en círculos por la habitación. Cada vez iba más rápido y la velocidad me provocaba unas cosquillas en la barriga tan fuertes que no pude parar la risa. Mis carcajadas debieron llamar la atención de mamá porque cuando menos lo esperamos, el picaporte giró y la puerta se abrió de par en par. Del susto me caí y el caballo se escondió debajo de la cama.

Mamá me gritó enfadada que, si me parecía bonito, la escandalera que estaba montando, que tenía a los vecinos sin dormir con mis gritos, que era muy mayor para tantas tonterías y pajaritos en la cabeza y que me olvidara de ir a la feria, que estaba castigado por desobediente.

Esta vez no le contesté, ¿y si tenía razón y los vecinos habían oído la música de las calesitas? Me senté en la cama que no tenía ningún resto de algodón de azúcar, ¿me lo había comido todo? Esperé a que mamá saliera de la habitación, tenía que sacar de su escondite a mi amigo el caballo, ahí abajo se tenía que estar muy oscuro e incómodo, ¿y si se le clavaban los muelles del somier?

Metí la cabeza entre la cama y el suelo, estaba oscuro, pero allí no había nada más que unas pelusas que habían logrado escapar del escobón de mamá. ¿A dónde se habría ido mi amigo el caballo? Me volví a la cama triste, por su culpa me había quedado sin ir a la feria y me había dejado solo, ¡no era justo! ¡Ya no era mi amigo, los amigos no meten a otros en líos y desaparecen!

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