El cartero real

Cuatrocientos euros, ocho horas al día de jueves a domingo todo el mes de diciembre. El uniforme corría por parte de la empresa. Al menos estaba asegurado y le hacían un diez por ciento de descuento en compras en el supermercado. A Paco aquellas condiciones le parecieron abusivas, pero no tenía nada más a la vista y, si no lo cogía él, habría mil tipos dispuestos a hacerlo, o eso fue lo que le dijo el hombre del servicio público de empleo.

A quién quería engañar. A su edad y con su currículum, aspirar a algo más era un sueño. Ahora se conformaba con arañar algo de dinero con el que alimentar al niño. María echaba muchas horas limpiando, pero su sueldo solo daba para pagar.

Paco se miró en el espejo del vestuario, después de todo, no estaba tan mal con aquella capa y la barba larga y blanca. Convencido de que no era un trabajo indigno, se sentó en su trono de cartero real. Sobre sus rodillas se fueron sentando decenas de niños que con una verborrea veloz y chillona le desgraban todos los regalos que pedían en sus cartas.

Con cada nueva misiva, la migraña ganaba espacio en la cabeza de Paco y la miseria en el corazón. No es que fuera difícil hacerse a la idea de que bajo el árbol de Navidad su hijo no encontraría nada, es que era imposible asumirlo. ¿Qué culpa tenía el pequeño? Era un niño como los demás, con sus risas, sus llantos, sus travesuras. ¿Qué culpa tenía de que sus padres no pudieran casi darle de comer?

Dibujó su mejor sonrisa y dejó que los últimos niños hicieran sus peticiones, había llegado la hora de dejar la magia atrás y volver a la realidad, no sin antes aprovechar el descuento de empleado para llevar a casa un par de tetrabriks de leche, huevos, patatas y pan. Nada de turrones y cava como los carros que se cruzaban con él. Mierda de Navidad, pensó, quizás otro año.

Y así un día. Y una semana. Nunca un mes se le hizo tan largo. Nunca perdió tanto la ilusión que trabajando por la de los demás. Llegó al último día arrastrando los pies y el alma. Se debatía entre la alegría de dejar atrás las fiestas navideñas y la tristeza de perder un trabajo que tampoco le había solucionado nada.

La cola de niños y cartas estaba a punto de terminar. Al final del todo, bajo un gorro de lana rojo estaba él, su pequeño agarrado de la mano de su madre. Le había suplicado a su mujer que no lo llevara. Le había dicho que lo reconocería y se perdería la magia. No se había atrevido a reconocer que le daba vergüenza.

El niño se subió a sus rodillas como hacía siempre en casa. Lo miraba con ojos brillantes de emoción, pero no parecía reconocerlo. Con un nudo en la garganta le preguntó qué era lo que había escrito en su carta y el pequeño, abrió la hoja con decisión y comenzó a leerle:

«Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar

Soy Pepe, aunque ya lo sabéis porque vosotros lo sabéis todo. Este año he sido muy bueno y he sacado muy buenas notas. Pero no quiero muchos juguetes, si os sobra una pelota, pues me la podéis dejar en casa. Eso sí, tengo un deseo que sé que vosotros, que sois magos, podéis cumplirlo.

Mamá está hartita de limpiar y papá no encuentra nada para trabajar. Yo lo que quiero es que le deis un trabajo para que deje de llorar y sonría.»

La chica que le acompañaba le dio unos caramelos y un globo a Pepe mientras Paco se escondía las lágrimas y los veía alejarse.

Volvió al vestuario con el corazón encogido. Recogió y se acercó a despedirse del encargado, se había portado bien con él y era de bien nacido ser agradecido.

—Paco, ¿ya nos dejas? —Aquella pregunta le sentó mal, de sobra sabía que era el último día.— Pues te vas porque quieres…

—Hombre, porque quiero no, porque se acaba… si por mí fuera… porque ya sabes que tengo la fea costumbre de comer todos los días y lo que es peor, darle de comer a mi hijo que devora como un león, ¡qué niño!

—¿Qué tiene ocho años? —Paco asintió— Pues aún no ha llegado lo peor, ya verás en la adolescencia.

—No mientes ruina, por Dios, si ahora no nos llega, no me quiero imaginar…

—Bueno, tú tranquilo, que el descuento de empleado algo alivia.

—Ese chollo ya se acabó, Julio. No creas que no me ha ido bien, pero dicen que lo bueno si breve…

—Ya te digo, si te vas, es porque quieres. Yo sé que los reyes magos acaban, pero tengo por ahí un puesto de reponedor que para empezar no te iría mal.

Paco no pareció entenderlo y Julio se vio obligado a espabilarlo.

—Paco, tanto niño te ha dejado tonto, vente el lunes, firmamos el contrato y ya te cuento con detalle.

2 Comentarios

  1. Cuánto realismo en tu cuento de Navidad. Me he emocionado con ese padre disfrazado de rey mago y su hijo sentado en sus piernas detallándole la realidad que viven en casa. El final parece abrirse a la esperanza, ni Paco ni yo nos fiamos.

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