El árbol de los Monterosso

A diario siento el asco de los que ven el muñón que ocupa el lugar de mi mano izquierda. Siento sus ojos sobre ese trozo de carne amorfa cruzada por gruesas cicatrices. No es difícil adivinar sus pensamientos: a unos les doy lástima, a otros miedo. Cuando llega la Navidad, el infierno invade mis días, el frío y la humedad me producen dolor físico que se mezcla con el dolor del alma al verme atrapado en esta pesadilla desde aquella víspera de Nochebuena.

La casa de los Monterosso ocupaba la parte más alta del pueblo. No solo destacaba por su ubicación, sus dueños habían levantado una mansión diferente a cualquier casa sureña. Sus líneas góticas, esbeltas, parecían querer alcanzar el cielo; las columnas estriadas del porche con aquel columpio de madera en el que la señora Monterosso pasaba las tardes haciendo punto; el torreón y el tejado cubiertos de tejas de pizarra; y los grandes ventanales tapados por pesadas cortinas que nunca se abrían.

Los niños del pueblo hacíamos carreras de bicicletas desde el patio del colegio hasta la gran verja de hierro que cerraba la propiedad de los Monterosso. Era un camino cuesta arriba en el que los más fuertes demostraban su resistencia y un camino cuesta abajo en el que los más atrevidos enseñaban su locura. La verja siempre estaba cerrada, pero el hijo de los Monterosso se asomaba al escucharnos llegar.

El chico era como un alambre usado, delgado y con las extremidades retorcidas; su piel, grisácea y delicada, parecía que se iba a resquebrajar. Por alguna razón me caía bien. Él odiaba los deportes y yo odiaba los libros, pero ambos amábamos los animales y aquella pasión me abrió la verja. Pasamos decenas de tardes jugando con sus insectos. Metidos en pequeños botes de cristal, los etiquetamos y de cada uno, elaboramos una tarjeta con sus características.

Cuando se acercaba la Navidad, la señora Monterosso me invitó a merendar y decorar el árbol con su hijo. Me sentí emocionado, nada en el mundo me gustaba más que preparar adornos navideños y colocarlos sobre las ramas del abeto. La semana anterior, mis visitas a la casa se suspendieron, la lluvia castigó con tanta fuerza al pueblo que cerraron el colegio y salir era una temeridad. Pero aquel día, el sol brillaba con fuerza y corrí monte arriba hasta la casa.

La señora Monterosso hizo un gesto similar a una sonrisa al verme y me acompañó hasta la sala de estar donde me esperaba mi amigo detrás de una enorme mesa llena de dulces y una enorme jarra de chocolate caliente. Merendamos en silencio, él estaba más callado que de costumbre y yo tenía la boca demasiado ocupada. Su madre volvió a la sala para avisarnos de que ya estaba todo preparado para adornar el árbol y la acompañamos hasta el salón.

En el centro de la habitación, un abeto esperaba desnudo. A su lado, una mesa auxiliar de madera, sostenía una bandeja metálica repleta de herramientas pequeñas. De pronto me sentí incómodo y mi amigo pareció notarlo e intentó decirme algo, pero todo se volvió negro.

Cuando desperté, estaba amarrado a una silla, pero me habían dejado los brazos libres. Mi amigo esperaba sentado en la escalera y su mirada huía de la mía como si estuviera cargado de remordimiento. La señora Monterosso pasó junto a él y le acarició el pelo, aquel gesto me recordó a un premio que se da a un perro. Continuó hasta el tocadiscos y con delicadeza colocó la aguja sobre el vinilo dejando que las primeras notas del Cascanueces invadieran la estancia.

Volvió hasta mí y me acarició el pelo como había hecho con su hijo. Intenté soltarme, pero las cuerdas estaban demasiado fuertes. La señora Monterosso sonrió con la misma mueca macabra con la que me había recibido y cogió mi muñeca izquierda haciéndola reposar sobre la mesa. El brillo metálico de la sierra se reflejó en sus ojos. Un escalofrío recorrió mi espalda. Con delicadeza, la señora Monterosso fue deslizando los dientes de la herramienta sobre la primera falange de mi dedo índice. El dolor me cegó. Sentí que repetía la operación en cada una de las falanges hasta llegar a la muñeca, la sangre goteaba sobre el suelo al ritmo de la música y el dolor me hizo perder el conocimiento de nuevo.

Abrí los ojos cuando mi amigo acababa de coser la herida. Su mirada me suplicó un perdón que su boca no supo pedir. La señora Monterosso sonreía mientras limpiaba mis huesos y, con un berbiquí, los agujereaba para colocar la cuerda con que los iba colgando en las ramas del abeto.

Observé el siniestro árbol. Una guirnalda hecha de dientes se enrollaba desde la rama más alta hasta la base. Decenas de huesos como los míos iban salpicando las ramas. Al mismo tiempo que noté que faltaba la estrella, un líquido caliente bañó mis piernas. La señora Monterosso vio el charco de orín y se volvió hacia mí con un gesto casi maternal. Tomó de la mesa una cápsula y un vaso con agua y me los acercó. Es para el dolor, me dijo antes de desatarme.

Sujeté el brazo sobre el pecho sintiendo como la sangre que empapaba las vendas manchaba mi camisa nueva. Corrí hacia la salida trastabillando con mis propias piernas y no miré atrás. La señora Monterosso había logrado avisar a mi madre antes de que yo llegara a casa, una mordedura de perro le dijo y mamá lo creyó. Jamás pude perdonarla.

La casa de los Monterosso fue abandonada poco después de Año Nuevo. Dicen quienes han logrado entrar que un gran árbol de navidad sigue ocupando el salón. Habladurías suelo responderles mientras acaricio el muñón.

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