El correo de los martes (26 de mayo)

Querido lector, qué rápido pasan las semanas.

Los días corren a ritmo vertiginoso, como árboles a través de las ventanillas del coche. ¿Nunca sentisteis de niños que no erais vosotros los que os movíais en el coche sino que eran los árboles los que corrían al otro lado del cristal? Quizá fuera mi mente la que siempre ha corrido a un ritmo endiablado y por eso hoy no soy capaz de pararla. O quizá fuera mi imaginación, que también ha ido siempre un paso por delante.

La imaginación es un mundo maravilloso. Es muy triste que con el paso de los años la abandonemos en un cajón. En la niñez todo era posible, ¿sabíais que el número tres era un poco envidioso y el número nueve era tan creído que el resto preferían no tratar con el? El uno y el dos eran sencillos, cercanos. EL siete ni pinchaba ni cortaba. Y el ocho… el pobre ocho era como esos niños gorditos y con gafas con los que todo el mundo se metía.

¿Has jugado a encontrar formas en las nubes? ¿O a andar pisando una losa sí y una no? Porque si te equivocabas de losa caías a una especie de foso como en el programa La Noche de los Castillos.

Sin imaginación no existiría nada de lo que somos. Pero cada vez la usamos menos y, en consecuencia, somos menos creativos. Dicen que tiene que ver con que ya no nos aburrimos (estamos hiperocupados, como os decía en la primera carta). ¿Cuanto hace que no os aburrís? Pero aburrirse de verdad, como antes, mirando el techo del cuarto. No me sirve mirar el móvil por inercia, eso no es aburrirse, es anestesiarse.

Últimamente siento que mi mente divaga e imagina sólo cuando me meto bajo el chorro de agua en la ducha. Ajena a cualquier estímulo es cuando se siente libre para ser ella misma. Una lástima que tengamos que ahorrar agua y las duchas no puedan alargarse.

Esta semana no voy a extenderme más, pero me gustaría que me contaras esas imaginaciones que tenías de niño.

Nos leemos la próxima semana.

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