Luzmila había nacido con una voz para la radio. Quizás Dios, o quizás el diablo, quisieron compensarle por haberle dado una gigantesca verruga en la nariz y un miedo enfermizo a las agujas.
No siempre fue gigante. Al nacer, Luzmila tenía una naricita redonda, como un pellizquito de bizcocho, sin rastro de marca. Pero, como una pepita de chocolate, la verruga había aparecido a los pocos días. Al principio era diminuta, más pequeña que una cabeza de alfiler. Creció más rápido que la propia Luzmila y cuando la niña aún no había cumplido los dos años, la verruga era como un garbanzo lechoso después de una noche en remojo.
Creció tanto que al llegar a la adolescencia se podría decir que tenía una nariz junto a su nariz. Luzmila sentía las crueles miradas en el centro de su cara a todas horas y, en esa edad en la que la estima ajena es más importante que la propia, decidió que había llegado el momento de decir adiós a la desagradable inquilina de su rostro.
Fue en esa época cuando le confirmaron la belonefobia. Hasta entonces, las vacunas habían sido una tortura que se solucionaban con una colleja paterna y la intervención de cuatro celadores y tres guardias de seguridad para sujetarla mientras las enfermeras le clavaban la aguja como un rejón de castigo: veloz y de lejos.
Su fobia se había agravado y necesitaría años de terapia por lo que, mientras tanto, Luzmila sólo podía aguantarse con la verruga. Quizás llegaran a entenderse. Para iniciar de cero su relación, Luzmila decidió llamarla María Eugenia. Tras años de mutua incomprensión Luzmila y María Eugenia acercaron posturas y aprendieron a tolerarse. Una asumió que aquel bulto iba a estar allí para siempre y la otra comprendió el por qué había querido deshacerse de ella, Luzmila estaba siempre sola.
Había intentado todo para conseguir amigos o, tal vez, un amor. Luzmila quería enamorarse. Quería querer y que la quisieran. Pero siempre encontraba miradas de asco y rechazo sobre su cara. Bares, aplicaciones, gimnasios, buscó cualquier lugar en el que podría conocer al amor de su vida, pero acabó por asumir que no había nadie para ella.
Pero Luzmila tenía voz de radio y escondida en el anonimato de la red, comenzó a lanzar palabras en el ciberespacio. Al principio sólo leía cuentos ajenos, con el paso de los días, encontró un filón en contar las tristes historias que sus seguidores, que iban llegando en tropel atraídos por el terciopelo de su voz, dejaban en su buzón de correo para que ella las narrara.
No había historias de amor. Ni príncipes encantados. Luzmila descubrió que, como ella, muchos navegaban entre la tristeza y la desolación. Antes de grabarse leía las historias en silencio, acariciando a María Eugenia y comentando con ella las desgracias ajenas. Al fin y al cabo, ellas no estaban tan mal, se tenían la una a la otra.