Bien pagá

Flamenco singer in black and red dress performing on stage with live musicians

A las ocho p.m., con la puntualidad heredada de su padre, el Llanito, Víctor bajaba la persiana de la mercería.

Con las manos llenas de cajas de tiras bordadas y botones canturreaba por la Piquer mientras recorría la trastienda como si estuviera en el escenario del Teatro Imperial y dejaba la mercería para pasar revista con esa disciplina marcial que tanto le marcó en la mili. Su sueño siempre fue ser cantante, coger las letras de León y Quiroga y recorrer el mundo. Pero ya no tenía edad para soñar, a sus cincuenta y diez, pasaba los días entre la mercería, el negocio familiar heredado, y el cuidado de su madre. Víctor se sentía obligado a dedicarse en cuerpo y alma a la mujer que había sacrificado su vida por él, pero, a la vez, encadenado de por vida.

A lo único que no estaba dispuesto a renunciar era a soñar con el amor. Deseaba encontrar una persona con la que ir de mano por la calle, un hombro en el que recostarse a ver películas en blanco y negro…una compañía cuando su madre faltara. Víctor no quería morir pasar sus últimos días solo.

Con la mercería recogida, hacía caja. La recaudación bajaba a diario, la gente ya no iba a tiendas de toda la vida, pedían por Internet lo que necesitaban porque les ahorraba dinero, pero, sobre todo, tiempo. La gente vivía corriendo, aprovechando al máximo los minutos. Él no entendía de mundos virtuales ni modernos, pero veía que el barrio ya no era el barrio y que, donde antes había comercios familiares, hoy había locales con carteles fluorescentes que no lograba descifrar.

Repasó el cuaderno de ventas y la caja de caudales. Del primer vistazo, comprobó que faltaban veinticinco euros. Repasó las cuentas diez veces y el papel seguía sin cuadrar.

Manuela entró por la puerta traasera mientras Víctor chillaba y daba vueltas poniendo patas arriba la tienda a la vez que movía las manos con ira teatral y se tiraba del fular de seda.

—¡Tú, bien pagá! ¡Tú tienes la culpa!

Manuela miró a los lados por si Víctor hablaba con otra persona, pero estaban solos.

—¡No te hagas la inocente!

—¿Qué he hecho ahora? —respondió con cansancio, ya estaba acostumbrada a ser la diana de todos los dardos de Víctor.

—¡Desagradecida, te di trabajo cuando nadie te quería…!

—Víctor… que nos conocemos.

—¡Ratera! ¡Te cuelas a la hora de la comida, que lo sé yo!

—Dios me libre, a esa hora bastante tengo con ir por los niños de Consuelo.

—¡Mentira! ¡La semana pasada unas medias, antes unas bragas y hoy…veinticinco euros! ¡Media caja!

Manuela dejó caer la escoba y colocó los brazos en jarra como habría hecho la mismísima madre de Víctor de haber presenciado la escena. Elevó la voz para ponerse a la altura del desquiciado mercero.

—¡Majara dramático! ¡Llamarme ladrona! ¡A mí, la única que te aguanta!

Los gritos se oían desde la calle y una multitud de curiosos se agolpó frente al escaparate para verlos pelear a través del cristal como espectadores de una película de cine mudo. Un lío de brazos y telas de colores los hizo caer al suelo. En la calle les jaleaban como en el patio de un colegio.

—¡Devuélveme el dinero!

—¡Aprende a contar!

El forcejeo paró cuando a ninguno le quedaba aire. Víctor metió la mano en el bolsillo para sacar su pañuelo de tergal para secarse el sudor.

—¡Miraaaaaa! ¡Mal pensao! ¡Ahí tienes tu dinero!

En el suelo, dos billetes azules habían volado desde el bolsillo. Con la poca dignidad que le quedaba, recogió el dinero, se colocó el fular como una tonadillera despechada y salió de la mercería dejando a Manuela con la palabra en la boca.

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