Corazón que sufre

Cuenta la leyenda que en la vieja cabaña de la cascada vivió hace muchos años una vieja a la que todos en el pueblo conocían por La Bruja. Nadie sabía su nombre, pero todos la temían y la buscaban a partes iguales. De día, nadie se atrevía a rondar por su cabaña, pero de noche más de una vecina del pueblo la visitaba para preguntar por su futuro, pedir conjuros o solicitar amarres. El precio a pagar por sus servicios no se conocía, dinero no era, ya que vivía en la más absoluta miseria, pero todos en el pueblo daban por hecho que, se tratara de lo que se tratara, era elevado porque quién se aventuraba a visitarla, jamás volvía a ser la misma persona. 

Ninguna habladuría ni superstición impidió a Jacinta, a la que había dejado su marido dos años después de la boda, dirigiera sus pasos en la oscuridad hasta la casucha de la cascada. Estaba dispuesta a todo por recuperar a Mariano y le entregaría a la bruja cualquier cosa incluida su alma si se la pedía.

La noche era oscura y tormentosa y la cabaña no era más que un espectro que hizo a Jacinta estremecerse mientras se acercaba. La puerta crujió al abrirse con un quejido lastimero y una voz ronca y misteriosa la invitó a pasar al interior. Jacinta se adentró sintiendo que decenas de ojos la observaban desde los espejos que adornaban las paredes. La bruja, de aspecto afable, la recibió en cambio con una sonrisa maliciosa que se hizo más siniestra al preguntarle qué la había llevado hasta allí.

Jacinta dudó por un segundo si estaba obrando bien, pero su amor por Mariano era tan fuerte que iba a echarse atrás, asumiría su destino con tal de volver a verlo a su lado. La bruja la escuchó en silencio y con un chirriar de dientes la invitó a beber de una copa herrumbrosa y carcomida mientras le recitaba las tres prendas de su pago: su vista, su ilusión y su esperanza.

El líquido le abrasó la garganta al bajar. La enamorada perdió la noción del tiempo y una negrura profunda se instaló en sus ojos. Cayó sin consciencia y sólo el grito aterrado de Mariano al encontrarla tirada en mitad de la calle y descubrir las cuencas vacías de sus ojos la hizo volver a la realidad y comprender con terror la consecuencia de sus actos. Jacinta vivió condenada a no ver más el rostro de su amado que se mantuvo a su lado con más lástima que amor. 

Dice la leyenda que si se visita la cabaña de la cascada los ojos suplicantes de Jacinta acompañan los pasos del desdichado visitante desde su rincón de la pared hasta que la figura desaparece en el interior de la morada.

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